> Palabras y Placebos

miércoles, 13 de mayo de 2020

NUESTROS BARES


Flota en la atmósfera un raro ambiente festivo. Pero no es fiesta. Solo es lunes. Es lunes 11 de mayo y Lugo acaba de ingresar en la Fase 1 de la desescalada. La Fase 1 quiere decir muchas cosas, aunque con la que está cayendo, cambiar de fase no signifique apenas nada. El abanico de actividades ahora permitidas que durante la Fase 0 no lo estaban, es amplio. Una de ellas, de la que todo el mundo habla, guarda relación con los bares. Tras casi dos meses cerrados a cal y canto a causa de la pandemia, los bares han vuelto a desplegar sus terrazas en las calles.

La primera vez que entré en un bar fue con mis padres. No recuerdo el momento, pero el bar tenía que estar aquí, en Lugo, que es la ciudad donde nací. Mis padres tampoco lo recuerdan con exactitud, pero ese primer bar podría haber sido el Café del Centro, que era en aquella época el escenario en donde mis abuelos solían reunirse con sus amigos para hablar de política. En ese tiempo, cuando yo era pequeño, mis padres iban mucho a los bares, así que de algún modo también yo empecé a ir a los bares desde muy pequeño. En todos los rincones de mi memoria hay algún bar abierto.

La mayoría de los locales de la Rúa Nova y de la Tinería, las principales arterias de la ciudad en materia hostelera, están hoy cerrados. Un lunes normal estarían abiertos. Pero hoy no es un lunes normal. No puede serlo. En Campo Castillo es donde se concentran la mayoría de las terrazas, al abrigo de un gran cartel que reza: “Nunca choveu que non escampara”. El mensaje es de apoyo a un sector vapuleado por la crisis, pero también conserva hoy cierta literalidad, pues el sol brilla con fuerza en este primer día de la Fase 1.

El primer bar que recuerdo se llamaba A Cova Marina y estaba en Burela. Ya no existe. O si existe, ya no se llama A Cova Marina. Era el bar más cercano al piso donde vivíamos en esa época, en la Mariña lucense. De aquel lugar que ya no existe hoy solo recuerdo las paredes. Y que había poca luz, pero me gustaba. Después, con el paso de los años y los traslados sucesivos de mi madre por motivos de trabajo, llegaron otros bares. Bares diferentes de lugares diferentes que frecuenté con personas diferentes persiguiendo, supongo, en cada momento, quimeras diferentes. La mayoría ya cerraron, pero de algún modo siguen existiendo.

Los protocolos de higiene y de seguridad aprobados para esta primera fase confieren a las terrazas de los bares un aspecto un tanto diferente. No hay servilleteros en las mesas y la distancia que existe entre unos grupos y otros es más acusada. Quizás no sea la reglamentaria, no hay manera de saberlo, pero sí que es al menos evidente. No sucede lo mismo con las sillas. Al poco rato de sentarme, recibo una llamada de mi abuela. Me pregunta si en los bares se están respetando las medidas de seguridad, si la gente se está respetando. Yo le cuento lo que veo y ella resopla.

El Cachi era el nombre del bar en el que más tiempo pasé siendo niño porque el Cachi, además de un bar, era una sala de juegos. Estaba en Tapia, al lado de la pista de fútbol y del centro de salud en el que trabajaba mi madre. Cuando pasó la época del Cachi comenzamos a frecuentar otros bares, primero durante el recreo, y después, un poco más mayores, para jugar al duro en nuestras primeras salidas nocturnas. Todos los bares de Tapia olían entonces a mar y a ginebra.

Es una sensación extraña regresar con tus amigos a los lugares de siempre y que nada sea como siempre. Hablar de la pandemia en plena pandemia, sentado en una terraza. Es extraño ponerte a escudriñar, aunque trates de rebelarte contra ello, lo que están haciendo en la mesa de al lado. También lo que tú estás haciendo. “Vender precaución abriendo las terrazas de los bares es bastante contradictorio”, reflexiona, en voz alta, Pamela. Y tiene razón. “Ou arre ou xo”, agrega después. Sigue teniéndola. En la mesa de al lado una mujer ha decidido ponerse la mascarilla a modo de visera, sobre su frente. Beber con mascarilla, en cualquier caso, es una ardua tarea.

El Isla fue uno de los reinos más soleados de mi adolescencia. También era un bar. Era el bar al que íbamos cuando faltábamos a clase en el instituto, el lugar en donde terminaban casi todas las tardes y en el que empezaban casi todas las noches. Era una Isla verdadera. No solo para nosotros, sino para una generación entera. Allí, en aquel refugio en el que servían un vino turbio excelente -o eso nos parecía entonces- pasé muchas horas de mi vida. Allí nos intercambiamos nuestras primeras historias de fracaso y de éxito. Allí debatimos durante días enteros sobre el futuro, el amor, la vida o la muerte. Fue allí donde me hicieron mi primer pendiente. Era uno de esos bares a los que nunca quedabas para ir, pero donde siempre acaban encontrándote.

A las ocho en punto de la tarde, una sonora ovación estalla de pronto en las terrazas de Campo Castillo. Es el reconocimiento a la labor de los profesionales sanitarios. La escena es llamativa, por momentos casi grotesca. Es también una especie de caricatura de este tiempo. No es el aplauso en sí mismo lo que resulta disparatado. Es la situación. La imagen que ese aplauso proyecta. Pero las terrazas de los bares no tienen la culpa. No pueden tenerla. La culpa, si es que hay culpables, debe ser nuestra. Por aplaudir mientras la gente se muere -aunque morir no sea algo exclusivo de esta pandemia-; por no aplaudir o, quizás, sencillamente, por aplaudir bebiendo cerveza.

No sé cuál es el motivo, pero cada vez que pienso en mi padre, inmediatamente me lo imagino en un bar, sonriendo desde la barra de uno de esos bares que siempre han sido sus bares, que todavía siguen siéndolo. Si tengo que situarlo en un espacio, es ahí donde mejor lo visualizo. Creo que me resulta fácil componer mentalmente la escena porque la escena es casi siempre la misma: La broma de actualidad al camarero, a modo de saludo, una vez instalado al lado del taburete; la respuesta del camarero en forma de broma, también actual y además personalizada; el fajo de quinielas encima de la barra (ahora también las gafas para la presbicia); y el café cortado enfriándose dentro de la taza hasta que sea el momento de marcharse, es decir, de bebérselo de un trago. El “qué tal, compañeiro” seguido del “muy bien, compañeiro”. Si es fin de semana, basta con cambiar el cortado por un botellín de Estrella y poner sobre la barra un bolígrafo prestado para ir tachando en las quinielas los primeros fallos. El resto de la estampa no varía. Nunca varía. Es una rutina infalible, una escena infinita, un bucle perfecto. Y es también, supongo, parte de la magia que tienen los bares, esos establecimientos que no son esenciales pero nos hacen tanta falta, esos lugares en los que, en ocasiones, uno no puede evitar sentirse un poco a salvo.

Poco después del aplauso de las ocho, decidimos marcharnos. Es entonces cuando me doy cuenta de qué no tengo la menor idea de cómo se llama el bar en el que estamos sentados. No es uno de los bares de siempre y eso me deja extrañamente aliviado, porque tampoco hoy es como siempre. No estoy en el Isla, ni siquiera en el Pavón -ese bar de Madrid al que solíamos ir en la época de la universidad-, ni en el Corredoira, de Santiago de Compostela; ni en el Espacio Gárgola, de Santiago de Chile. Acabamos de vivir nuestra última primera vez en los bares en un bar al que nunca vamos y ese tipo de la mesa de enfrente, que se levanta ahora para pagar su cuenta, no es mi padre aunque se parece a mi padre.


miércoles, 29 de abril de 2020

EL VIRUS IMAGINADO


Cora tiene 4 años y lleva más de 40 días confinada en su casa. El motivo lo tiene claro: “No podemos salir de casa porque hay coronavirus, que es un virus que está en la corona”, explica. Y aporta más datos: “Es un virus que es verde y tiene otros virus. Tiene antenas y ojos y boca. Tiene brazos y piernas y salta”. La descripción es precisa, detallada. Se diría que resultaría incluso sencillo identificar a alguien así. Pero hay un problema; el retrato robot elaborado por Cora es distinto al facilitado por Héctor (5 años) y por Leire (3).

Héctor y Leire son hermanos, viven juntos, pero los virus que les han impedido estos días ir a jugar al parque de bolas con Samu (en el caso de él) o pasar tiempo con Cayetana (en el de ella), no terminan de encajar con el perfil entregado por Cora. Sus descripciones difieren con las otras descripciones. Y también entre sí. El coronavirus del que habla Héctor es “amarillo y pequeño, diminuto” y al que hace mención Leire, “azul y un poco mediano”. La cosa se complica. Mucho más después de saber que el de Lucas (7) es definitivamente “rojo, blanco y circular” y el de Samira (4) coincide en la forma con el de Lucas y en el color con el de Leire. “Es circular y tiene muchas patas verdes y azules, que juntadas se transforman en verde más oscuro”, proclama.

Los coronavirus que viven en el barrio de Maite (3 años, casi 4) son pequeños. “No los ves, porque son pequeños” -comienza explicando-. “No los matas, porque son pequeños” -matiza después-. Y ante la pregunta de si infunden temor, la respuesta es de una lógica aplastante: “No, porque son pequeños”. Su reducido tamaño tampoco termina de amedrentar a Samira: “No me da miedo porque yo soy grande, valiente y muy fuerte”, dice.

Tras más de dos meses de crisis global, los expertos no han logrado aún alcanzar un consenso sobre las causas que motivaron el inicio de la epidemia. No son los únicos. Mientras Samira sostiene que el virus “nace de la tierra”, Maite asegura, en la misma línea que algunos importantes líderes internacionales (pero sin señalar, en su caso, a ningún país en concreto) que la enfermedad es importada: “Antes íbamos al parque, pero ahora no puedo ir porque hay coronavirus y cintas. El virus lo pusieron ahí los malos, que son ladrones. Robaron unas bolsas de papel de la basura para coger los bichitos y los echaron en mi parque”, denuncia.

Sea como fuere, lo que sí que parecen tener claro los niños -mucho más que algunos líderes; mucho más, incluso, que algunos padres- es la importancia de quedarse en casa y extremar las precauciones al salir a la calle. “Se puede salir a la calle si nos abrigamos”, matiza Cora, haciendo un llamamiento a la responsabilidad ciudadana.

Y es que tras seis semanas de confinamiento, no merece la pena tirarlo todo por la borda. “Nosotros nos lo pasamos bien en casa, jugamos y nos divertimos. Jugamos a la consola, pintamos el día de hoy y tachamos el calendario”, explica Héctor. “A mí me gusta estar en casa porque hay menos trabajos que hacer”, confiesa Lucas, en un alarde de honestidad. Y aunque todos conviven también estos días con sus anhelos (“los amigos”, en el caso de Cora; “los abuelos”, en el de Maite) y sus nostalgias (“salir afuera a jugar o poder quedarte en casa sin que haya virus”, apunta Lucas), parecen tener bastante clara aquella vieja máxima de que, en ocasiones, es mejor el remedio que la enfermedad. Porque aunque es posible que no sean del todo conscientes de por qué están confinados, del motivo en concreto, sí que parecen serlo de su importancia. Y puede que con eso baste.

Porque la cuarentena, al fin y al cabo, terminará algún día, y mientras los mayores nos obstinaremos en elaborar oscuras estrategias para reactivar la economía, estimular el comercio o restablecer la vieja normalidad; las niñas y los niños se prepararán también para llevar a cabo sus ambiciosos planes. “¿Lo primero que me gustaría hacer cuando se vaya el virus? -se pregunta Leire, en voz alta-. Ir al Mercadona a jugar con el carro”, se responde. Y Cora, tras hacer una larga pausa para reflexionar, culmina: “A mí me gustaría salir a dar un paseíto y tomar un descafeinado en el bar”.

De los seis niños consultados, tan solo uno, el de mayor edad (que definió el Covid-19 como un “virus mortal”) manifestó tener miedo; todos, sin excepción, afirmaron sentirse a gusto y a salvo en sus casas; y ninguno planeó hacer cuando esto termine nada que no hubiera hecho antes. Nadie se refirió tampoco a un futuro que no fuera el inmediato, ni hizo alusión alguna al verano, por ejemplo, patria verdadera de la infancia que ya está por llegar. Para quien vive siempre instalado en el presente, el futuro nunca es tan desolador.

miércoles, 22 de abril de 2020

LAS HORAS VIOLENTAS


Las cuarentenas no duran siempre 40 días. Las hay más breves, más largas y más o menos violentas. Lo que no varía en ningún caso es la consigna, saber esperar. Supongo que un confinamiento consiste, a fin de cuentas, en aprender a estar solo, a aceptarse, a convivir con uno mismo en un espacio reducido. Y no hay espacio más reducido que el que uno mismo representa. Diría, entonces, que hay tantas cuarentenas como personas y tantas formas de sobrellevarlas, de resistirlas, como niveles de tolerancia al cambio, la frustración o la soledad.

Hay quienes ven -y es lógico- este estado de restricción de movimientos como algo antinatural, excepcional, que debe ser entendido y afrontado sin perder de vista en ningún momento dicha excepcionalidad. Pero yo creo que la vida en confinamiento no es más que la expresión, la prolongación natural y la consecuencia directa de la vida que llevábamos antes de ser confinados.

Este mundo suspendido, en muchos sentidos irreconocible, que dibuja por momentos la pandemia, se parece bastante, después de todo, al mundo cotidiano de otros. Todo eso que nos resulta ahora tan raro, es para muchos lo ordinario, lo común o lo más habitual. Al que ya no tenía casa, al que ya no tenía empleo o al que ya no tenía espacio, no le resultan seguramente tan insoportables las medidas del estado de alarma. Tampoco al que siempre estuvo solo, al siempre tuvo miedo o al que vio siempre limitada o restringida, por cualquier motivo, su libertad. Aproximadamente un tercio de la población mundial está confinada estos días en sus casas, acorralada por la enfermedad. Pero una proporción muy similar siempre lo estuvo.

El coronavirus -ha quedado demostrado- no golpea a todos por igual. Hay grupos de riesgo determinados por diversos factores (patologías previas, grado de exposición al virus, motivos de edad) y grupos especialmente vulnerables que ya lo eran pero ahora lo son más. La cuarentena deja al descubierto las costuras de la vida, y en estas horas violentas se multiplica también la violencia doméstica, machista, infantil, familiar. Una violencia que ya existía, que estaba ahí, latente, pero que ahora se ha vuelto más peligrosa y más difícil de atajar. La cuarentena es un placebo, pero existe la enfermedad.

También existe la muerte. Y si algo está dejando claro este encierro prolongado es que estamos perfectamente preparados para estar solos, para vivir solos, pero no para morir solos. Creo que esa sigue siendo una de las caras más dolorosas de esta crisis. Una arista que afecta además directamente a los que seguimos con vida, porque los muertos, llegado el momento, siempre se marchan solos. Son las despedidas que no se dan las que se enquistan, permanecen y duelen todavía, pasado el tiempo, por la sencilla razón de que nunca tuvieron lugar. Es posible, entonces, que también estemos preparados para morir solos, pero no para no poder decir adiós a tiempo, para no estar cerca esos últimos momentos, para dejar marchar.

La vulnerabilidad social, económica, física o emocional se acentúa en tiempos de pandemia, pero ya existía antes y era eso, pura carencia, fragilidad. Desconozco qué cosas cambiarán cuando todo esto termine, pero me imagino que una de ellas será nuestra sensación de inmunidad. Porque aunque muchos de nosotros nunca antes nos habíamos sentido tan vulnerables, ya lo éramos. Por diferentes razones. Creo que eso es, en realidad, todo lo que encierra este encierro. Una de las conclusiones que deberíamos sacar. Y es que cuando estas horas de violencia por fin amainen, quizás nos demos cuenta de que lo verdaderamente violento era vivir como vivíamos.

miércoles, 15 de abril de 2020

LOS DESOBEDIENTES


Los que gustan de hacer acusaciones deben saber que hay un grupo de personas que en estos tiempos de crisis sanitaria pueden salir a correr, permanecer en la calle o moverse lejos de sus fronteras. Que no cumplen las normas de seguridad ni respetan a cabalidad las medidas de distanciamiento. Que no usan mascarilla, ni guantes, ni gel hidroalcohólico, ni se lavan las manos durante un minuto. Que no necesitan, aparentemente, estar confinados en sus casas ni someterse a ningún tipo de prueba. Que viven al margen del estado de alarma. Que desafían los toques de queda.

Son tan laxas las obligaciones de estos presuntos desobedientes, que no puedo evitar acordarme, mientras pienso en ellos, de esas otras personas que en Semana Santa fueron sancionadas por la policía al ser sorprendidas camino de la playa o de su segunda o tercera residencia. Me imagino la rabia que sintieron al ver reducida su extraordinaria movilidad, al ver limitados sus kilométricos derechos. Su impotencia al ver frustrado su deseo incontenible de pasar el puente en familia a orillas del océano. Estoy seguro de que si estos probos ciudadanos, multados por las fuerzas del orden, conocieran la existencia de los otros, de los desobedientes, no dudarían ni un instante en señalarlos con el dedo.

Pero los desobedientes de los que yo hablo no corren por deporte. No se pasan el día en la calle por respirar un aire más puro. No deambulan lejos de sus fronteras por vacaciones o negocios. No se encuentran aislados en sus casas porque no tienen casa; no se les practica ninguna prueba porque no tienen pruebas; no respetan la distancia de seguridad porque la distancia no alcanza; y no se lavan las manos durante un minuto porque el agua no llega. Si no están sometidos por completo a los estados de alarma es porque debe quedar algo, en fin, a lo que no estén sometidos.

Me refiero a los refugiados, a los desplazados, a los solicitantes de asilo. A todas esas personas que no están ni se les espera. No están, pero son muchos. Hacen poco ruido aunque son muchos. Y sus nombres, sus vidas, contabilizadas de una en una o a montones, dan también resultados rotundos, cifras escandalosas, sumas siniestras.

Según los datos actualizados recientemente por ACNUR, hay en el mundo, en este mundo, 71 millones de seres humanos desplazados a la fuerza. Y son nuestros vecinos, es decir, viven cerca. Al otro lado del muro, de la valla o de la verja. Viven -mejor dicho, sobreviven- hacinados estos días en Moria, en la isla griega de Lesbos, un campamento pensado para 3.000 personas que es el hogar de 22.000. Con un baño, de acuerdo a los informes de Médicos Sin Fronteras, para cada 200 individuos; un grifo de agua para cada 1.300; y tres médicos para más de 20.000. Hay al menos seis contagiados por Covid-19.

La realidad es muy similar en Za'atari, Jordania, un campo de refugiados que acoge a cerca de 80.000 personas, casi todos desplazados sirios, hijos de la guerra. O en Cox's Bazar, Bangladesh, sede del asentamiento forzado más grande del planeta, donde conviven aproximadamente 700.000 refugiados rohingya expulsados por el ejército birmano en el campamento de Kutupalong. Contener un contagio masivo en un lugar como este, en el que ya se han reportado casos de coronavirus, resulta poco menos que una quimera. En Tijuana y Ciudad Juárez, México, los refugios se encuentran también desbordados, con al menos 40.000 personas tratando en vano de regularizar su situación migratoria. Mientras tanto, el 75% de los guatemaltecos deportados desde Estados Unidos en el último vuelo, eran portadores del Covid-19, ese virus que -decían- no entiende de fronteras.

La situación es difícil de explicar, pero muy fácil de entender; en un contexto de emergencia mundial, congelar las peticiones de asilo y abandonar los campamentos de refugiados a su suerte, no es una medida excepcional, es un acto de negligencia. Es lavarse las manos. Es dejar morir. Es desobediencia.

miércoles, 25 de marzo de 2020

DISTOPÍA


El temor y la paranoia se propagan más rápido que un virus. Basta con echar un vistazo a las predicciones casi apocalípticas que los expertos esgrimen estos días en relación a los efectos y consecuencias del coronavirus para darse cuenta de ello. Llama la atención, sin embargo, que los vaticinios más desalentadores no guarden ya una estrecha relación con la catástrofe humanitaria que está suponiendo la pandemia desde un punto de vista sanitario, que es muy grave, sino con la dimensión económica del asunto. En esta pesadilla distópica con reminiscencias orwellianas los agoreros parecen estar más preocupados por la respuesta de los mercados tras la crisis que por la crisis en sí misma. De locos.

En cualquier sociedad normal, es decir, no distópica, más allá de su modelo de funcionamiento, su sistema político o su cascarón ideológico, el efecto que una pandemia global pueda tener sobre la economía de turno, debe ser algo secundario. El impacto directo de una crisis sanitaria de alcance mundial en los mercados de valores es algo coyuntural; que afecta mucho pero importa muy poco. Resultaría conveniente, por lo tanto, tal vez, dejar de especular con la catástrofe y de intentar sacar réditos políticos de la emergencia para tratar de encontrar soluciones. Al menos mientras la gente se siga muriendo. Ya tendrán tiempo los estrategas de la doctrina del shock para poner en marcha su maquinaria.

Soluciones como tratar de producir aquí, en nuestros polígonos industriales, en todas esas fábricas que no saben aún de cuarentenas, mascarillas, equipos sanitarios o respiradores. Productos de primera necesidad hoy -seguramente también mañana- y de proximidad, fomentando de paso el comercio sostenible. Productos de esos que los países fabrican -cada vez menos- en su propio territorio, pagando lo que corresponde a sus productores. Mascarillas con denominación de origen, por decirlo de algún modo.

Porque si hay algo que está poniendo de manifiesto la imparable expansión del COVID-19 es que no hay receta infalible, de momento, para contener el avance de la enfermedad, y que las medidas que están implementando la mayoría de los países, más que diseñadas para no contagiar, parecen dirigidas exclusivamente a protegerse del otro. La política de cerrar fronteras, como explicaba el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en una interesantísima columna publicada en El País hace algunos días, está demostrando ser solo “una expresión desesperada de soberanía”. El mecanismo -supongo- al que más habituado están las grandes potencias para hacer frente a las crisis. Casi un acto reflejo.

Pero esa política soberana de aislamiento nacional está haciendo florecer también el discurso del odio. Escuchar al presidente de Estados Unidos Donald Trump referirse al COVID-19 como “el virus chino”, al mismo tiempo que asegura que su país está cada vez más cerca de dar con el antídoto para la enfermedad, es el mejor de los ejemplos. Solo cabe esperar, por el bien de todos, que tarden menos tiempo en encontrar la vacuna que las armas de destrucción masiva que buscaban en Irak.

No llevamos ni un mes de confinamiento -con la consabida excepción de China- y todos, o al menos la gran mayoría, nos estamos volviendo un poco locos. Y si no que se lo pregunten a Jair Bolsonaro, jefe de gobierno en Brasil, que con su país a la cabeza de Sudamérica en número de muertes (46) y contagios (casi 2.300) por coronavirus, continúa tildando a la patología de “gripecita” o “resfriadillo”. Por no hablar de Jaime Mañalich, ministro de sanidad de Chile, quien al ser interrogado sobre los motivos que le habían llevado a no decretar la cuarentena total en el país, respondió textualmente: “¿Qué pasa si este virus muta y se pone buena persona?”.

Vivimos instalados en una distopía que nos está haciendo perder los papeles. O que nos está llevando a adoptar como propios aquellos que no nos corresponden, que es aún más peligroso. Mascotas paseando a humanos, humanos paseando a mascotas que no son en realidad mascotas e incluso humanos disfrazados de mascotas dan buena cuenta de ello.

Pero lo más doloroso, sin embargo, las estampas más descorazonadoras, son aquellas que sugieren que empezamos también a perder de vista nuestros roles, a malintrerpretarlos. Cómo explicar si no que quienes hace una semana aplaudían y vitoreaban desde ventanas y balcones a los profesionales sanitarios, hoy utilicen esos mismos puestos de control y vigilancia doméstica para señalar a los vecinos. Para delatarlos. Para abuchearlos, incluso, sin ser capaces de entender que hay personas con necesidades especiales y justificantes médicos -también especiales, por cierto- que les habilitan para salir a la calle. Si entedemos que la solidaridad consiste en apuntar con el dedo al que no actúa como nosotros, poco estamos entendiendo. Esto no es 1984. Aquí no tiene cabida la policía del pensamiento.

Tampoco estamos entendiendo, me temo, lo que significan los servicios esenciales. Suspendida toda actividad industrial de carácter no esencial con la declaración del estado de alarma, no deja de resultar llamativo alzar la vista al cielo y encontrárselo opacado por las grúas. Un altísimo porcentaje de empresas del sector de la construcción y la industria continúan trabajando a día de hoy pese al alto riesgo de contagio que existe como consecuencia de la propagación de la pandemia. Sus condiciones de seguridad no son las mejores, pero mientras no se demuestre que al menos uno de los trabajadores está infectado por coronavirus, las máquinas seguirán trabajando. Desconozco qué tienen de esencial, en estos tiempos de extraordinaria excepción, los productos que estas empresas fabrican. El ladrillo, de momento -aunque ya le gustaría a algunos- no se come; del ladrillo –ya lo sabíamos, pero se nos olvidó- no se vive; y la famosa burbuja inmobiliaria no aísla ni siquiera del contagio.

Esencial es el derecho la vida, aunque para salvaguardarlo haya que paralizar el país las semanas que haga falta, porque resulta esencial no morirse para poder contribuir después -que pareciera que es lo que importa- a la famosa reactivación de la economía. Los muertos solo pueden restar, por más que formen parte hoy de una suma infinita.

miércoles, 18 de marzo de 2020

EL FUTURO ERA AYER


Resulta recomendable, en tiempos de cuarentena, tratar de ver el vaso medio lleno. Hacer lecturas positivas, en un contexto de pandemia global, puede que sea incluso aconsejable. Rescatar valores como la solidaridad humana o aplaudir el conmovedor esfuerzo que realizan estos días profesionales sanitarios y no sanitarios, trabajadores cualificados y no cualificados, personas anónimas y voluntarios, para frenar o mitigar el avance de la enfermedad no solo es justo, también es necesario. Como lo es el hecho de reconocer que las medidas de confinamiento a gran escala puestas en marcha por los diferentes gobiernos no han tardado demasiado en dejarnos los cielos más limpios o el agua de los ríos más clara. La sanidad pública, que a punto estuvieron también de confinar, de exterminar a base de recortes, demostró ser, una vez más, nuestro único baluarte; y es probable incluso que después de esta los defensores del neoliberalismo lleguen a replantearse alguna de sus ideas.

Pero más allá de eso, las moralejas que pueden extraerse de toda esta historia no son, en mi opinión, demasiado alentadoras. Y es que el Coronavirus no ha hecho más que dejar al descubierto las descarnadas costuras del sistema en que vivimos. Nos ha desnudado como sociedad y nos ha retratado por dentro. Porque demandaba el virus, para ser atajado con contundencia, de una colaboración social, un grado de empatía y un sentido de comunidad desterrado de nuestros diccionarios hace tiempo.

El COVID-19, cuyo brote epidémico no tardaron en situar en la provincia china de Hubei, no nació en realidad en China. Desde allí comenzó a propagarse, es cierto, pero su germen hay que buscarlo en algún departamento de Economía de la Universidad de Chicago; en la enésima sucursal abierta por alguna multinacional de turno en suelo extranjero; o en la penúltima cruzada imperialista -estadounidense o europea- perpetrada para introducir con calzador el modelo neoliberal lejos de sus fronteras. El paciente cero no tiene rostro. El paciente cero es el sistema. El paciente cero es el yo.

Cómo explicar si no que este estado de emergencia sanitaria haya terminado por sacar lo peor de nosotros. O lo que se esperaba de nosotros. Y es que con las debidas y honrosas excepciones consignadas más arriba, la gestión política y humana de esta pandemia de alcance mundial y origen primermundista ha resultado ser un completo desastre. Hemos tratado de combatirla con todas las herramientas sanitarias a nuestro alcance y todos nuestros valores capitalistas a cuestas. Y hemos fracasado.

Hemos desdeñado, en primera instancia, las potenciales consecuencias del virus, hemos mentido a la gente sobre los riesgos de su propagación y hemos reaccionado tarde con la única intención de que no se resintiesen los mercados. Dicho de otra forma; hemos especulado.

Hemos mirado, durante los primeros días de la crisis, con recelo al extranjero -especialmente al hombre y la mujer de rasgos asiáticos-, pero también, llegado el momento, al veraneante madrileño, por poner un ejemplo más cercano. Dicho de otra forma; hemos estigmatizado.

Hemos saqueado, literalmente y de un modo patético, las estanterías de los supermercados a pesar de recibir la garantía de que no faltarían productos en nuestra mesa (ni los próximos 15 días, ni seguramente los próximos 15 años). Dicho de otra forma; hemos privilegiado.

Hemos recibido la orden de quedarnos en casa (los que la tenemos, claro) con el único fin de evitar los contagios y tampoco eso lo hemos hecho. O lo hemos hecho tarde, a medias y prácticamente obligados. Dicho de otra forma; hemos frivolizado.

Hemos descubierto al vecino de enfrente, hemos sufrido por nuestros familiares cercanos, por la curva de contagio de nuestra ciudad específica, nuestra provincia concreta, nuestra comunidad exacta y nuestro país de nacimiento o residencia, según el caso; pero nos hemos olvidado al hacerlo de todos los otros porque la meta última siempre fue salvarnos. Hemos tenido miedo, pero con el baile de números, el vaivén de muertos y el desfile de cifras macro, también nos hemos insensibilizado.

Hemos descubierto que teníamos familia, que muchas cosas que hacíamos no eran necesarias y que las que hacían otros -y hoy siguen haciendo- son fundamentales. Es probable, en fin, que hayamos aprendido algo, pero durante ese proceso de aprendizaje estamos pagando un precio muy alto.

Porque lo que había que aprender ya lo sabíamos, pero entonces -es decir, antes- convenía ignorarlo. Somos unos privilegiados incluso en la enfermedad. Sobre todo en la enfermedad. Por eso, tal vez, hay quienes encuentran incluso divertidas estas cuarentenas tan occidentales, plagadas de videollamadas al calor de la calefacción, de juegos de mesa rescatados solo para la causa, de forzadas convivencias familiares y de rollos y más rollos de papel higiénico con los que poder limpiarnos, al final del día, los restos de nuestros privilegios de clase.

Y es que al sur del privilegio, cabe recordarlo, hay toda una serie de países que también se están contagiando. Con sistemas sanitarios privados o directamente inexistentes, pero sobre todo mucho más precarios. En África, sin ir más lejos, se han registrado ya infecciones por COVID-19 en Egipto, Sudáfrica, Argelia, Marruecos, Senegal o Túnez, pero también en Ghana, Nigeria, Namibia, Camerún, República del Congo, Guinea Ecuatorial o Burkina Faso. No resulta necesario ser un experto en epidemiología para comprender que controlar la propagación del virus en la mayoría de estos territorios será una labor mucho más ardua. Sobran ejemplos de ello y no hace falta siquiera remontarse muchos años en el tiempo para encontrarlos. El futuro era ayer, pero preferimos pasarlo por alto.

El futuro era el SARS y la Gripe A. El futuro era Haití, en 2010, cuando un brote de Cólera se cobró la vida de 8.000 personas. El futuro era Guinea, en 2014, cuando la epidemia del Ébola se saldó con 5.000 muertos. El futuro era y sigue siendo hoy Sudamérica y la región del Caribe, donde el Dengue afectó en 2019 a más de 3 millones de personas y amenaza con pulverizar en este inicio de año todos sus registros históricos. Enfermedades y epidemias víricas, todas ellas, con mayores índices de letalidad, pero en términos informativos mucho menos virales.

Pero no hay motivos, en occidente, para la alarma o el desconsuelo. La pandemia del Coronavirus (que se ha cobrado ya demasiadas vidas), logrará contenerse o controlarse más pronto que tarde en este hemisferio plagado de comodidades. Y cuando eso suceda -aunque la inmensa mayoría de nosotros ya lo estábamos de antemano- nos sentiremos a salvo. Y volverá el fútbol a la tele y las cervezas en las terrazas de los bares. Y llegará también el verano, que fomenta el ocio y -dicen- contiene además el contagio. Y mudarán los temas de conversación y las preocupaciones cotidianas por sobrevivir volverán a ser tan banales como lo eran antes. E importará muy poco ya, seguramente, en esta parte del mundo, que en el hemisferio sur acabe de comenzar el invierno.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

EL VERANO ELÁSTICO


El verano más largo del mundo comenzó para mí hace casi doce meses, en Santiago de Chile, una ciudad fantasmal envuelta en polvo que todavía no había sido tomada por los militares. Yo vivía entonces en una atalaya que no era en realidad una atalaya, pero desde la que creía poder contemplarlo todo. Incluso el paso parsimonioso del tiempo.

Era enero y también verano, porque siempre es verano allí, al menos para alguien como yo, nacido muy lejos, en un pedazo de tierra húmedo colonizado, desde que tengo recuerdo, por el otoño, y responsable, supongo, de esta cabeza plagada de pensamientos lluviosos y de tantas colecciones que hoy me sobran.

Aquel primer verano, el austral, duró todo lo que puede durar un verano, estirado hasta los límites de la Patagonia. Fue precisamente allí, en alguna cuneta de la carretera austral, donde el verano comenzó a resbalar hacia esa estación intermedia, de paso, que en Chile llaman otoño y que coincide exactamente, en tiempo y en colores, con aquello que en Galicia conocemos como primavera. Supe de aquel equinoccio porque sentí un frío en los huesos. Aunque no solo en los huesos.

Mi primer otoño del año, el austral, duró tan poco que todavía quema. Hoy tan solo recuerdo de aquellos días algunas caras, algunas frases y algunas luchas que siguen vivas. Y el nudo en la garganta a la hora de la despedida -aunque no solo en la garganta- y la imagen de la atalaya doblemente vacía. Porque después llegaron los aviones, claro, y el verano de nuevo, mi segundo solsticio, el verano boreal aguardando a la vuelta de una página ya doblada. Un salto en el tiempo, astronómico, para volver atrás, para regresar de nuevo a un verano que -lo supe más tarde- llevaba en su interior un invierno muerto.

Mi verano boreal, el segundo del año, fue más largo incluso que el primero, pero tampoco tuvo auroras. Empezó en Madrid -donde siempre empieza y termina todo-; tuvo una escala en Granada -donde Anita hizo también su particular escala entre México y México-; y terminó en Lugo, donde nunca es verano, donde siempre es casi otoño, por más que el calendario o los astros se empeñen en decirnos otra cosa.

En Granada visité a mi hermano, que ahora vive en una atalaya con vistas a la Alhambra desde la que también es posible contemplar -me imagino- el paso del tiempo; y en el norte volví a encontrarme con Cachis, que es marinero incluso cuando no navega. Embarcó de nuevo a finales de verano, de este verano. Plantó unos repollos en la huerta de su casa y se echó a la mar. Hoy crecen a orillas de un océano que él navega y que a veces, en días de tormenta, proyecta olas que tienen la altura de un edificio de cuatro plantas.

Durante mi segundo verano del año descubrí que había nacido en luna llena. A mediodía, pero en luna llena. Raquel me contó que soy un caballo de agua metal -en sentido figurado, claro-; y Tote -que es mi amiga y también mi dentista- que tengo unos surcos de los siete superiores muy profundos y que a Sonka -que es mi peluquera y también mi amiga- le faltan dos incisivos (algo en lo que nunca había reparado antes). Todo eso sucedió en verano. Antonio me habló de ecología y Sules de cine, algunos días antes de leer una entrevista en la que el realizador finlandés Aki Kaurismaki hablaba de los humanos: “Gracias al pulgar no somos animales. Los dejamos atrás, cierto, pero tampoco hemos llegado a humanos. Ni siquiera tenemos buen sabor. No servimos de alimento a nadie. Me pregunto qué hacemos en la punta de la pirámide alimenticia”, reflexionaba.

En pleno verano boreal Beto y Yol se casaron, Irene volvió del sur, yo me compré una pajarita de madera, el molino de tinta se volvió de piedra y pude regresar, de visita, a casi todas las patrias de mi infancia. Tamara me dijo que cuanto más hablo menos me escucho y que a este ritmo terminaré convirtiéndome en un artículo más de mi habitación museo. Tenía razón, como casi siempre, pero no he parado de hablar ni un solo minuto desde aquel momento.

Fue ya cerca del otoño, de mi segundo otoño, cuando empecé a darle vueltas a eso del verano elástico. Se lo comenté a la chica más triste que he conocido y me aseguró que se rompería en añicos. El equinoccio me sorprendió esta vez en Santiago de Compostela, mi otro Santiago. Quedé con Carmen una tarde y me invitó al Paraíso. Y aunque en Santiago el Paraíso es en realidad una cafetería plagada de espejos con manchas de humedad que simulan ser pequeñas islas que no existen, le dije que sí, que claro, que cómo podría yo rechazar una invitación al Paraíso. Y allí estuvimos los dos, tratando de condensar dos años en dos horas y creo recordar que sobraron algunos minutos.

Al salir caminé durante un rato por la Alameda, que en este Santiago, el lado de acá, es una extensión verde desprovista de álamos pero profusa en ginkgos biloba. Tuve ganas de llorar en algún momento, y creo que lo hice, para dentro, claro, que es como acostumbramos a llorar los que no tenemos el valor suficiente como para hacerlo hacia afuera. Caminando por aquella Alameda, recordé fugazmente pasajes de mi estancia en aquel Santiago, hace ya dos o tres vidas, y sonreí un poco. En el lado de allá, en Santiago de Chile, la Alameda es una larga avenida que disecciona la ciudad de este a oeste y en la que también es normal ceder al llanto. Sobre todo ahora, que los milicos parecen empeñados en segar las grandes alamedas.

Fue después de un breve viaje a los Balcanes con escala en Rotenbiller Utca que llegó de nuevo -al menos de manera oficial- el otoño a Lugo. Laura, que ha vivido este año, como yo, dos equinoccios y dos solsticios repetidos, se independizó; mi madre siguió estando a mi lado, porque nunca llegó a marcharse; y Marieta me ayudó a estirar el verano hasta el último de los amaneceres. En Chile, en tanto, estalló la verdadera primavera, inmarchitable, que todavía dura, y Mateo se quedó allí luchando -que es lo suyo- aunque me prometió que pronto volvería.

Desde entonces, desde que el segundo equinoccio de otoño llegó a mi vida, no ha hecho más que llover en Lugo. Tanto, con tanta violencia, que cuesta incluso esfuerzo creer que aquella ilusión del verano elástico llegó a existir algún día. Y es que nada, ni siquiera el verano, puede tener tanta elasticidad como para estirarse sin llegar a perder su forma original.

Tal vez por eso ahora, mientras los repollos que Cachis plantó frente a la costa de mi infancia comienzan a echar sus compactos cogollos y en Lugo es cada vez más tarde, más invierno, me resulta imposible no recordar con nostalgia aquellos veranos de mi infancia. Veranos que no duraban tanto, pero en los que no tenía cabida el tiempo.