> Palabras y Placebos

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Lo que queda del fuego

La noche del 8 de septiembre, ardió en la isla griega de Lesbos el mayor campo de refugiados de Europa. Lo hizo con 15.000 personas dentro. Se habló poco de ello. Muy poco para la magnitud de la tragedia. Pero aunque pueda resultar extraño, cruel o paradójico, fue solo entonces, cercado por gigantescas columnas de humo, que se hizo por fin visible el campamento de Moria. Hizo falta que ardiera, que desapareciera aquel asentamiento vergonzante, inhumano, masificado, proyectado para 3.000 personas y acorralado desde marzo también por la pandemia, para que nos diésemos cuenta de que en realidad existía. Fue necesario el fuego. Y la ceniza. Porque nadie (o tal vez muy pocos) se habían percatado antes del incendio cotidiano que la propia vida en Moria, su sola existencia, suponía. Nadie se había molestado en tratar de descifrar las señales de humo.

Hoy, dos semanas después, los habitantes de Moria, en su mayoría ciudadanos afganos, sirios e iraquíes, han sido realojados a la fuerza en otro campamento cercano, insuficiente, construido a orillas de ese mar Mediterráneo que todavía separa, confina y contiene. Siguen estando allí como lo estaban antes de que las llamas aparecieran para calcinarlo todo, para arrebatarles su montón de nada, pero ya no los vemos. Otra vez no los vemos. Porque una vez extinguido el incendio vuelven a ser invisibles. Siguen estando allí porque también eso forma parte de las reglas del juego, que no tengan alternativa. Porque les es negada -supongo- a las personas, a algunas personas (las exiliadas, las desterradas, las desplazadas) la posibilidad de desaparecer dos veces.

Apenas un par de días después del incendio en Moria, fueron las calles de Bogotá, en Colombia, las que cedieron a la inercia del fuego. La chispa que encendió la protesta fue el asesinato, la madrugada del 9 de septiembre, de un ciudadano desarmado a manos de la policía. Un abogado de 46 años. Un padre de familia. Una persona. Las protestas ciudadanas, en señal de hartazgo y de repulsa, fueron violentas y duraron varios días. Las llamas de la ira. El impacto que tuvo el fuego en el imaginario colectivo fue, a grandes rasgos, el mismo. Fue necesario que ardiera Bogotá para que lejos de Bogotá se imaginase su malestar, se entendiese su denuncia. Y tuvo que morir un hombre, otro hombre, a manos de un agente uniformado, para que nos diésemos cuenta (otra vez) de que lo grave no es que muera un hombre, lo grave es que su asesino sea un policía.

También ardió en septiembre la Comunidad de Galicia, como ya había ardido antes, en agosto, Andalucía. Ardió con saña y sin control, como cada verano, devorando hectáreas y más hectáreas de montes y de fincas. Hectáreas que no son en realidad hectáreas (eso es apenas una unidad de medida) sino cultivo, vivienda, futuro y comida. Hectáreas de trabajo. Hectáreas de vida. Cuesta entenderlo, pero hace tiempo que en Galicia importa menos el control del fuego que el control de la ceniza.

Hoy todo pinta feo, todo huele mal, a chamusquina. Trump es candidato al Nobel de la Paz y hay dos por uno en mascarillas. Y en desalojos. Y en femicidios. También hay -quiero decir, sigue habiendo- contagios, muertes y confinamientos, estos últimos cada vez más selectivos. Lugares estigmatizados por sus tasas de Covid (Madrid, por ejemplo) y lugares estigmatizados dentro de esos mismos lugares por sus índices de renta (en Madrid, por ejemplo). Guetos grandes y pequeños construidos desde fuera para gestionar mejor una pandemia que pareciera que ya no va con nosotros, para protegerse de una segunda oleada que será un tsumani del que pasado mañana seguramente no nos acordaremos. Y que se llevará consigo definitivamente -así lo desean los que deciden- las pateras y las “distancias de seguridad” entre países. Y ya no habrá fuego, solo ceniza.

De esta -recuerdo que solía decir la gente, en relación a la pandemia, que cumple ya seis meses de vida- íbamos a salir más fuertes y más unidos, pero lo cierto es que salimos menos, más débiles, distantes y distintos. Se ha hablado mucho del Brexit últimamente y se ha señalado mucho, al hacerlo, al Reino Unido, pero el Brexit está también aquí, está en todas partes, el Brexit es todos los días. La fractura cada vez más evidente y las cicatrices más resplandecientes, más bellas y más dignas. Justo ahora que parecíamos un poco menos extraños, casi igual de vulnerables, zarandeados por el virus, aprendimos a maldecir bajo la mascarilla.

Leo, releo y suscribo como casi siempre -mientras escucho que ha llegado el otoño, que siguen confinando Madrid y que los incendios han sido sofocados por la lluvia- los “Poemas Humanos” de César Vallejo, ese escritor peruano y universal que decía tantas cosas con tan poca tinta: “Hoy me gusta la vida mucho menos, pero siempre me gusta vivir, ya lo decía”. Podrán seguir negando el fuego, pero no las cenizas.

miércoles, 5 de agosto de 2020

EL PRÓFUGO

Yo crecí en una época en la que en España estaba de moda ser juancarlista. Había otras corrientes, claro, pero esa era la mayoritaria. Había republicanos, porque nunca habían llegado a marcharse del todo; había monárquicos, porque la corona es algo de lo que en este país siempre se habla pero nunca se discute; y había personas a las que les traía sin cuidado -y les sigue importando poco- vivir bajo una forma de gobierno u otra. Pero lo que más había, los que realmente abundaban en aquel tiempo, eran los juancarlistas. 

Yo no soy monárquico, soy juancarlista”, solían decir sin titubeos, como si se tratara de cosas realmente diferentes, marcando distancia al hacerlo, al decirlo, entre el líder al que veneraban y la institución a la que este representaba, entre el rey y la corona. Eran tantos los juancarlistas, tan fieles y devotos, y era tal su nivel de gratitud hacia la figura de Juan Carlos I, que los índices de popularidad del monarca no dejaron de crecer durante décadas. El culto a la personalidad del jefe de estado, la beatificación y la sublimación de su carisma y una propaganda mediática inquebrantable, milimétricamente estudiada, hicieron el resto. Hasta que un día, por fin, para disfrute de los juancarlistas, el rey dejó de ser el rey para convertirse sencillamente en Juan Carlos. Aquel día se abrió también la veda, la barra libre. En sentido literal y figurado.

Nadie o casi nadie se había detenido a analizar antes cómo el rey Juan Carlos había llegado a convertirse en rey. O, mejor dicho, a nadie parecía importarle lo más mínimo. Porque su honradez y su talante compensaban sobradamente su vida y su obra y porque se trataba de dos valores que habían estado siempre fuera de toda duda. Juan Carlos había logrado granjearse además con el tiempo la fama de hombre común, de tipo corriente y de rey campechano, un oxímoron, por cierto, este último, de muy mal gusto. La manipulación y el lavado de imagen llevados a cabo desde diferentes ámbitos y esferas para justificar y perpetuar su reinado, había sido, por lo demás, asombroso. Todo encajaba, aunque faltaran piezas. El príncipe rescatado del exilio, apadrinado, educado y finalmente investido rey por Franco, había conseguido pasar a la historia convertido en el padre de la democracia. El hombre escondido tras el simulacro del 23-F había logrado erigirse en salvador de la Transición. Y el niño que con 18 años había matado sin querer a su hermano Alfonso, de 14, de un disparo en la cabeza, era hoy un anciano de una integridad moral inapelable. Y los juancarlistas sacaban pecho. Porque eran juancarlistas, no monárquicos.

Pero en 2012 las cosas comenzaron a torcerse. Las aficiones especiales, las filias especiales y hasta las amigas especiales del intachable rey Juan Carlos, que todos conocían pero que a nadie molestaban, que eran competencia suya y no del resto de los españoles, que no eran ni siquiera materia de estado sino, en fin, asuntos de Juan Carlos, se confabularon para jugarle una mala pasada. El rey se fracturó la cadera cazando elefantes en Botsuana en compañía de una de sus amantes mientras en España la crisis apretaba como una soga a casi todos los que no habían podido permitirse salir aquel fin de semana de safari. “Lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir”, manifestó días después, en rueda de prensa y con rostro afligido, el jefe de estado. Y los juancarlistas, claro, lo consolaron.

Aquel pequeño escándalo, sin embargo, terminó por abrir la caja de pandora. Porque Corrina Larsen, la mujer con la que cazaba elefantes en Botsuana, reconoció poco después haber actuado como testaferro del rey, poniendo a la Fiscalía sobre la pista de unas cuentas abiertas a nombre del monarca en Suiza. Comenzaron a aparecer entonces las adjudicaciones del AVE a la Meca, las donaciones millonarias procedentes de Arabia Saudí, los indicios de corrupción y, finalmente, la sospecha más que fundada de un presunto delito de blanqueo de capitales. Para entonces, Juan Carlos I ya había abdicado en su hijo, Felipe VI, reservándose el título honorífico de rey emérito y asegurándose de paso una asignación bruta de 194.232 euros al año. Los juancarlistas aplaudieron también este gesto, la honestidad del monarca y su integridad moral a la hora de renunciar a su cargo.

Este mismo año, en plena crisis sanitaria y en un país gobernado por una monarquía bicéfala, es decir, duplicada, con dos reyes a la cabeza de una misma familia y dos asignaciones reservadas de los presupuestos del estado, se llegó a solicitar hasta en tres ocasiones la creación de una comisión en el Congreso de los Diputados para investigar las presuntas irregularidades cometidas por el rey emérito. Pero ninguna logró prosperar. Y todo siguió su curso normal, su curso de siempre, hasta que este mismo lunes vio la luz la famosa carta de despedida de Juan Carlos, el rey campechano. No iba dirigida al conjunto de los españoles, a los obstinados juancarlistas, a los republicanos, ni a los monárquicos, sino a su propio hijo. Estaba escrita de rey a rey. En ella, y en un último alarde de altura política, honradez humana e integridad moral, el rey emérito, el inviolable, el intocable, blindado ya por constitución, justicia, medios de comunicación y partidos políticos, anunciaba su intención de instalarse fuera del país “por la repercusión pública” -decía- “que están generando ciertos acontecimientos pasados de mi vida privada”.

Que ayer, es decir, un día después del esperpéntico anuncio, ni uno solo de los grandes diarios generalistas de este país se haya atrevido a tildar abiertamente en su portada de engaño, subterfugio o artimaña la maniobra perpetrada por Juan Carlos I para tratar de burlar a la justicia, habla mucho del pobre estado del periodismo actual, del extraordinario poder de los grupos que lo manejan y de la amenaza real que representa el empleo sistemático de los medios de comunicación con fines propagandísticos.

Porque limitarse a encabezar la información principal de un periódico con titulares del tipo: “El rey emérito se va”, “se marcha” o “abandona España”, no es solo algo intencionadamente reduccionista, es también una falta de respeto grave, muy grave. A la verdad de los hechos y a la inteligencia de los lectores. Omitir de manera deliberada la información principal, es decir, callar sobre aquello que convierte a una noticia en noticia, suele decir a menudo mucho cosas. Frivolizar, relativizar o restarle importancia a un asunto que guarda relación con el cobro, de manera presuntamente ilegal, de tres comisiones valoradas en más de 300 millones de euros, no solo pone en tela de juicio la ética profesional de un medio sino que lo convierte automáticamente en cómplice. Y ayer (también otros días, pero sobre todo ayer) el rey emérito volvió a contar con la total complicidad y condescendencia de sus fieles aliados de siempre. Los juancarlistas. La noticia no era, no podía ser, que el rey se marchaba de viaje. La noticia era que el rey huía del país mientras estaba siendo investigado por la Fiscalía por un presunto delito fiscal de corrupción y blanqueo de capitales. Porque las vacaciones pagadas por todos de un rey hace tiempo que dejaron de ser noticia.

El rey emérito -conviene al menos tratar de dejar este punto claro- no es un exiliado, un desplazado, un refugiado o un migrante, ni siquiera un turista, es un fugitivo con todos los privilegios intactos y un prófugo de la justicia.


jueves, 16 de julio de 2020

EL PAÍS DE LA MAYORÍA ABSOLUTA


Hay cosas que cambian muy poco en Galicia. Ciclos que en otros lugares duran cuatro u ocho años, aquí tardan en consumirse 20. O sencillamente no terminan nunca. Varían los actores, mudan los discursos, bailan las cifras, pero el resultado general siempre es el mismo. Un bucle infinito. Porque en el país de la mayoría absoluta hace tiempo que la pregunta dejó de ser quién ganará las elecciones para convertirse en por cuánto, a costa de quién o simplemente pese a qué.

Con su incontestable triunfo del pasado domingo, Alberto Núñez Feijóo no solo logró revalidar su mandato emulando las cuatro mayorías absolutas encadenadas en su momento por Manuel Fraga (1990-2005), sino que consiguió afianzar todavía más esa sensación de inmunidad, de imbatibilidad, que transmite el partido en Galicia, un territorio gobernado en exclusividad por los populares durante 26 de los últimos 30 años.

Poco importó la coyuntura social que rodeó la celebración de los comicios; las protestas persistentes de los trabajadores de Alcoa, el rebrote en A Mariña lucense, la cuarentena milimétricamente medida de cinco días o el impresentable cheque restaurante con el que presidente de la Xunta pretendió recompensar el esfuerzo realizado por el personal sanitario durante la pandemia. Tampoco pesó demasiado a la hora de decidir todo lo acontecido un poco antes -que tuvo sus consecuencias un poco después-, como la privatización sistemática de las residencias de mayores (en las que perdieron la vida 271 personas, la mitad de ellas sin recibir ingreso hospitalario), la reducción de las áreas sanitarias, el ostracismo de los hospitales comarcales, el recorte presupuestario, las mal llamadas externalizaciones o el desmantelamiento paulatino y generalizado del sistema de salud público. La gente, las personas, los gallegos y las gallegas, votaron a Feijóo porque votar a Feijóo es algo que en Galicia se hace sin cuestionarse nada más, sin rechistar, sin hacerse preguntas. Un impulso inevitable. Casi un acto reflejo. Una tos, un estornudo o una arcada.

Lo más curioso de todo, sin embargo, es que esta vez el éxito de Feijóo -un éxito relativo, pues habría ganado de todos modos aunque la cifra de muertos por Coronavirus hubiese tenido en Galicia más ceros o más dígitos- tuvo que ver precisamente con su gestión de la pandemia. Es decir, con su trabajo realizado en una de las zonas de España menos castigadas por el virus cuando las competencias en sanidad se encontraban total o parcialmente transferidas como consecuencia de la declaración del Estado de Alarma. Pura ironía. Retranca, si se prefiere. La baja tasa de mortalidad -si es que puede hablarse sin vergüenza de una mortalidad baja- reforzó su imagen y disparó aún más su popularidad. Una campaña política personalista, vaciada por completo de cualquier simbolismo relacionado con el partido, con el logotipo del PP minimizado o directamente eliminado de la ecuación, y aliñada con esos vídeos promocionales de aroma añejo en los que una abuela pide a su nieta que no juegue así con Mr. Potato, que “se deje de experimentos”, hicieron el resto. Y Feijóo, el invencible, el gurú de la gestión política en tiempos de pandemia, el plusmarquista nacional del desconfinamiento, el de la desescalada rápida y la cuarentena corta, renovó su condición de presidente de la Xunta de Galicia con 41 escaños y casi el 48% de los votos.

Había pedido el líder popular a sus electores un “resultado estratosférico” para poder gobernar en mayoría, pero obtuvo uno terrenal, mundano en estas tierras, es decir, el de siempre. Ni siquiera la abstención, que se presumía alta, llegó a poner en jaque su plácida victoria. La participación, de hecho, creció cinco puntos con respecto a las elecciones de 2016 y tan solo el sideral, esperanzador e histórico ascenso del BNG con una fantástica candidata a la cabeza (que logró triplicar los últimos resultados del partido aglutinando todo el voto de la izquierda con un programa basado en la agenda social y alejado del secesionismo) consiguió empañar un poco otra noche de gloria de Feijóo. Y es que para certificar su cuarto mandato al frente de la Xunta, el líder del PPdeG recibió ni más ni menos -conviene recordarlo, para cuando proceda- el voto de uno de cada dos gallegos. El castigo electoral, por así llamarlo, terminó recibiéndolo Podemos (y sus diferentes marcas), en parte porque concurrieron a la elecciones sin un plan de acción regional definido; en parte porque sus luchas internas terminaron por debilitar el proyecto conjunto; y en parte porque en Galicia, que no tiene memoria ni parece necesitarla, las Mareas no son nunca un fenómeno estable. El descalabro se tradujo en la salida de la formación morada de un Parlamento gallego que se queda ahora -mala noticia para la democracia- con solo tres partidos con representación en las cortes autonómicas.

Pero para entender la cómoda mayoría absoluta conquistada por Feijóo, es necesario echar la vista un poco más atrás y analizar la fauna autóctona que fue configurando lentamente el hábitat político de la comunidad. El talante y el modus operandi de los dirigentes históricos de un Partido Popular que hunde sus raíces muy profundo en el medio rural. Y es digno de análisis porque podría afirmarse que Feijóo ha sido capaz de aunar con el tiempo, e incluso hacer confluir en su persona, las diferentes corrientes que a punto estuvieron de fracturar el partido en Galicia hace algunos años. Si aquel PPdeG que se debatía entre las boinas y los birretes es ya historia, es porque el reelegido presidente de la Xunta tan pronto usa boina como birrete. Es un líder infalible para gobernar esta tierra, un híbrido perfecto. Tiene la moderación y la ductilidad de un Mariano Rajoy cuya principal virtud fue no representar jamás una amenaza real para el partido (ni para el suyo ni para los de la oposición); ha hecho del clientelismo y la cadena de favores un arma electoral valiosísima (muy en la línea de José Luis Baltar, aquel “cacique bueno”, como el mismo se definía, que gobernó con mano de hierro la Diputación de Ourense durante más de dos décadas); y ha heredado del mismísimo Fraga, el padre del partido en Galicia, su travestismo ideológico, conductual y hasta lingüístico, el de aquel ministro del Franquismo que tras criminalizar y perseguir el uso del gallego, terminó dando discursos a sus electores en la lengua de Castelao y celebrando sus mayorías absolutas a golpe de gaita. Sus raíces rurales, ancladas en Os Peares, un pequeño pueblo de la provincia de Ourense, y esenciales para llegar a un determinado tipo de votante, completan el retrato robot del presidente autonómico perfecto. Un trampantojo. Un transformista. Un impostor.

Por lo demás, los comicios del domingo tuvieron más bien poca historia. O las historias de siempre. Se reportaron casos de monjas acompañando a ancianos a las urnas (o recogiéndolos directamente de esas residencias de mayores que tenían su acceso restringido) y supongo que algunos de los múltiples inmigrantes gallegos fallecidos hace tiempo en Argentina pudieron seguir votando desde la ultratumba a sus líderes de siempre. Pero conviene no engañarse y comenzar a desterrar poco a poco los falsos mitos que siguen dominando el imaginario colectivo. No fueron los viejos (como suele repetirse a modo de mantra por estas latitudes) ni tampoco los muertos, los que propiciaron el triunfo del PP; fueron los jóvenes, fueron los vivos. Los que nunca dudan, ni cuestionan, los del miedo a que cambie lo que nunca cambia y los que creen que más vale cacique conocido. Aquellos que, como el padre de un amigo, revisan antes de las elecciones los escrutinios de los últimos comicios para votar al favorito, para apostar al caballo ganador. Los que votan por rito, tradición o costumbre pero votan siempre, y también los que nunca votan.

Desde el inicio de la crisis sanitaria, en el mes de marzo, mi abuela salió tan solo tres veces de casa. La cuarta fue este domingo, para ir a votar. Tenía miedo de salir a la calle, tenía miedo de contagiarse, pero entendía que su voto, incluso en el país de la mayoría absoluta, era importante. Que era un derecho conquistado, una responsabilidad adquirida. Hay cosas que cambian muy poco en Galicia, pero también personas que creen que las cosas pueden cambiar.

miércoles, 10 de junio de 2020

YO NO QUIERO SER DEREK CHAUVIN


Hoy quisiera hablar largo y tendido sobre la muerte de George Floyd, pero no puedo. No me siento capacitado. Me pregunto cómo podría hablar un hombre blanco y europeo (o mejor dicho, con qué palabras, qué grado de profundidad y qué rigor) sobre el asesinato de un ciudadano afroamericano en una calle de Minneapolis, Estados Unidos. Podría hablar de Derek Chauvin, el agente de policía que lo mató, estrangulándolo con la rodilla a plena luz del día. Eso sería más justo, más honrado. Decir tan solo que yo no quiero ser Derek Chauvin y que puedo no serlo. Que no voy a serlo nunca. Limitarme a decir que no quiero ser Derek Chauvin porque sencillamente no puedo ser George Floyd.

Creo que resulta importante empezar así, establecer como punto de partida esta diferenciación. Lo que quiero ser y lo que puedo ser. Y añadir que es posible apoyar una protesta, secundar una causa o acompañar una lucha sin llegar a apropiarse de ella. Conviene hacer una breve evaluación previa de nuestra posición y nuestros privilegios antes de alzar la voz en nombre de otros que también la tienen. Porque repetir consignas o manosear eslóganes en las redes sociales con la intención de trasladar nuestro apoyo o solidaridad a una causa, de manifestar nuestra repulsa ante una injusticia, no nos convierte necesariamente en personas más justas ni más solidarias. Uno puede gritar muy alto “Todos somos George Floyd”, pero lo cierto es que no todos podemos ser George Floyd.

Yo, al menos, no sé lo que siente una persona negra al ser reducida con violencia por un agente blanco después de cometer, presuntamente, un delito menor, de la misma manera que no sé tampoco -puedo llegar a entenderlo, pero no a vivirlo- el temor que sienten algunas mujeres cuando caminan solas por la calle de vuelta a casa. Porque no soy mujer, porque no soy negro y porque los privilegios que me confieren el hecho de ser un hombre-blanco-europeo impiden que pueda plantearme siquiera ser acosado sexualmente mientras camino o asfixiado hasta la muerte porque el billete de 20 con el que acabo de pagar en la tienda de la esquina pueda parecer falso. A eso me refiero cuando hablo del privilegio, a que cualquiera de las situaciones mencionadas anteriormente suceden a diario, pero a mí no me suceden o no suelen sucederme.

Considero humildemente que la lectura y la reflexión que las personas blancas podemos hacer de lo sucedido en Minnesota puede ser otra. Que debe pasar por poner el foco en Chauvin y no solo en Floyd, es decir, en nosotros como los actores, representantes o herederos que somos -nos guste o no- de una sociedad supremacista y racista en su sentido más estructural. Creo que la muerte de George Floyd debe enfurecernos y movilizarnos -es importante que eso suceda-, pero el comportamiento de Chauvin, su impunidad, el abuso de su posición de privilegio, tiene que avergonzarnos porque, de algún modo, nos apunta como colectivo, nos señala directamente.

El racismo es algo que se enseña, que se hereda y que se aprende. Uno educa y se educa en el racismo y es muy difícil desterrarlo de una sociedad, de un imaginario colectivo, si no se es capaz de analizar de manera profunda e individual el propio comportamiento, el lenguaje que se usa y los prejuicios que se enquistan y se extienden. Alzar la voz, salir a la calle y tomar posición es importante, pero el racismo no se combate con hashtags, sino con educación y respeto.

De lo que sí se puede y se debe hablar en relación a la muerte de George Floyd es de la violencia policial y del racismo institucional del que esta se alimenta. Los datos son elocuentes. Los resultados de un reciente estudio elaborado por la ONG Mapping Police Violence revelan que las personas negras tienen casi tres veces más posibilidades que las blancas de morir como consecuencia de violencia policial en Estados Unidos. En el año 2015, uno de los primeros de los que se tiene informes completos, las fuerzas de seguridad mataron en el país norteamericano a 104 personas negras desarmadas. Casi dos por semana. En 2019, es decir, el año pasado, 1098 personas murieron a manos de agentes de la policía estadounidense. Casi la cuarta parte de ellas, es decir, el 24%, eran negras, a pesar de representar tan solo el 13% de la población total. Solo hubo 27 días sin muertes en las que estuvieran implicados miembros de la policía. El 99% de los agentes involucrados en este tipo de homicidios desde 2013 no fueron acusados de delito alguno.

No correrá, seguramente, la misma suerte Derek Chauvin. Ni tampoco sus otros tres compañeros procesados, presentes también en la escena del crimen, cómplices desde cualquier prisma. El estremecedor asesinato, grabado en directo, compartido y reproducido de manera parcial o íntegra millones de veces desde el pasado 25 de mayo, no podrá quedar impune. Porque se hizo visible. Tan visible que asusta, que duele. En él, un hombre blanco de 44 años, un agente del orden con la única, pública y remunerada misión de proteger a la ciudadanía, aplasta el cuello de otro hombre durante ocho minutos y 46 segundos hasta provocarle la muerte. Un delito de odio. Un crimen racista. Yo no quiero ser Derek Chauvin. Está en mi mano no serlo.

miércoles, 27 de mayo de 2020

APENAS PAISAJE


Hay una frase de Nicanor Parra que siempre me ha gustado. Forma parte de un poema que el antipoeta chileno le dedica a su patria. Dice: “Creemos ser país / y la verdad es que somos apenas paisaje”. Estos días he vuelto a acordarme de ella. Supongo que mientras asistía a la contemplación de las cosas que están sucediendo últimamente en España. Mientras trataba de vislumbrar ese país que presuntamente se esconde tras el paisaje.

Vivimos tiempos peligrosos, tiempos contaminados. No por culpa del virus -o al menos no solo por eso-, sino por la crudeza, el rigor y el grado de detalle con el que este virus nos está radiografiando, presentándonos como la sociedad disfuncional que en realidad somos. Habitamos -ya lo hacíamos antes, pero ahora se ha vuelto, si cabe, aún más evidente- un país polarizado, fracturado. Un país cuyas diferencias son ya irreconciliables porque sin memoria no hay futuro posible y este país no la tiene. Y el problema no es solo que no la tiene, es que hay personas, grupos, partidos políticos, que se jactan de que no la tenga. Y que han empezado a construir una idea de país basado en la mofa y la falta de respeto hacia su propia historia.

Es este un país en donde se exhuma con honores militares el esqueleto de un dictador mientras a cientos de personas les siguen negando los huesos de sus familiares. Familias desmembradas que continúan buscando esos huesos porque buscar el perdón, la reparación o el reconocimiento es en este país un delito tipificado. Un derecho prescrito. Un asunto del pasado. Un país, este, en el que se inhabilita de por vida a jueces -o se les declara incompetentes para perseguir los crímenes del franquismo- mientras torturadores profesionales, genocidas, como Antonio González Pacheco (alias Billy el Niño) mueren en una cama de hospital con sus infladas pensiones públicas y todas sus condecoraciones intactas. Sin cargo alguno en su contra por sus delitos de lesa de humanidad y sin cargo de conciencia.

Vivimos en un país -y esto es muy serio- en el que se sigue criminalizando una manifestación feminista, la del 8M, celebrada antes de la declaración de la pandemia (el 11 de marzo) al mismo tiempo que se relativizan las orquestadas por la extrema derecha en pleno estado de alarma. Dicho de otra manera; ser mujer y salir a la calle a manifestarte con una pancarta morada cuando no existe restricción alguna a la movilidad es mucho más grave que hacerlo con enseñas fascistas cuando están prohibidas las aglomeraciones. Fascistas, digo, porque esa bandera que lleva grabada el águila de San Juan no es una bandera preconstitucional, es una bandera franquista. Y enarbolarla, que no es delito en este país desmemoriado pero sí en muchos otros, es hacer apología del fascismo. Algo que, por cierto, tampoco está penado.

De entre las oscuras teorías que se escuchan estos días, creo que la perorata del 8M como vector de contagio masivo en España es, sin lugar a dudas, la más ridícula de todas. No solo porque es absurda, sino porque es también interesada. Creo que lo que en realidad duele a quienes siguen tratando de endosar a dicha manifestación toda la responsabilidad de la propagación del coronavirus no es la manifestación en sí misma, la congregación de mujeres ese domingo, sino su extraordinario poder de convocatoria, su popularidad. Su éxito, en definitiva. Lo que convierte el 8M en el chivo expiatorio perfecto es el respaldo que tuvo la protesta y la incomodidad que siguen generando en determinados sectores las consignas y demandas que aquel día se escucharon en la calle. Si aquella manifestación hubiera sido de otra índole, si no levantase tanto resquemor en determinadas esferas, no la habrían tildado de inoportuna. El 8 de marzo, el Covid 19 se había cobrado la vida de 17 personas en España. El día de la denominada “caravana por la libertad” convocada por VOX, los muertos ascendían a más de 27.000.

Pero ahí no termina todo. Puede que la memoria sea frágil, pero cualquier buen aficionado al fútbol debería ser capaz de recordar que aquel famoso 8 de marzo el Osasuna jugó contra el Espanyol en El Sadar, el Valladolid contra el Athletic en el Nuevo Zorrilla, el Levante contra el Granada en el Ciutat de València, el Villarreal contra el Leganés en el Estadio de la Cerámica y el Betis contra el Real Madrid en el Benito Villamarín. Todos ellos lo hicieron con público. Solamente el encuentro disputado en Sevilla congregó en las gradas a 51.521 personas. También hubo aglomeraciones ese domingo en el Rayo Vallecano-Elche, el Málaga-Zaragoza, el Alcorcón-Mirandés, el Sporting-Las Palmas o el Tenerife-Ponferradina, por consignar tan solo los partidos celebrados en el marco del fútbol profesional. Pero claro, cómo responsabilizar al fútbol de una pandemia.

Casi todo lo que está sucediendo últimamente en este país es díficil de explicar. O tal vez tiene una explicación tan fácil, tan simple, que cuesta aceptarla. Cuesta aceptar que las fuerzas de seguridad del estado que reprimieron con tanta violencia la celebración de un referéndum en Cataluña sean las mismas que hoy actúan con tanta condescendencia en Núñez de Balboa. Cuesta entender que se pueda ilegalizar a una formación política porque no condena la violencia terrorista mientras se da cabida en el Congreso a otra que justifica los crímenes del franquismo. O que tampoco los condena. Cuesta creer que sea posible comparar una protesta en plena crisis sanitaria que “colapsa totalmente una ciudad” con el festejo por la obtención de un Mundial. Aunque supongo que, como dicen, la alegría siempre va por barrios.

También cuesta asimilar que lo que aquí está pasando hoy, pase también en otros lugares. Pero en Alemania hay también grupos de ultraderecha que llevan semanas manifestándose contra las restricciones puestas en marcha por su gobierno para tratar de contener el avance de la pandemia. La principal diferencia es que a los miembros de estos grupos allí no les llaman patriotas ni libertarios. Les llaman simplemente “los idiotas del Covid” (Covidioten, en alemán) y se les detiene cada vez que se propasan. Cómo atreverse hoy, aquí, en este contexto, a rebatir la afirmación de Nicanor Parra, si esto no es en realidad un país, es apenas un paisaje.

miércoles, 20 de mayo de 2020

PATRIOTAS


Se hacen llamar patriotas, pero no tienen de patriota más que el atuendo, ese uniforme siempre impoluto con el que acuden día tras día a la protesta de las nueve. Con sus mascarillas personalizadas, rojigualdas; sus banderas de España -con o sin plumas- a modo de EPI; sus cacerolas de teflón; sus palos de golf y sus mantras de siempre. Es fácil encontrárselos en estos tiempos grises -en sentido literal y figurado- patrullando las calles céntricas de algunas ciudades españolas cuando comienza a declinar el día. Es fácil distinguirlos, identificarlos, pero cada vez más difícil descifrarlos o entenderlos. Porque se sabe que protestan y contra quién protestan, pero no por qué protestan. Se sabe lo que quieren, pero resulta imposible entender qué es lo que piden. Porque lo tienen todo. Porque lo han tenido siempre.

La llama de la revolución de los patriotas terminó de prender el pasado fin de semana en el madrileño barrio de Salamanca, uno de los distritos con mayor poder adquisitivo del país. Un sector acomodado de la capital donde la renta media de los hogares -según los datos del Instituto Nacional de Estadística- bordea los 90.000 euros (más del triple que el promedio nacional, establecido en 25.000); en donde los ingresos derivados del patrimonio y la actividad financiera suponen más del 50%; en donde la tasa de desempleo no llega al 0,5%; y en donde los partidos de derecha y extrema derecha recibieron en las últimas elecciones generales más del 80% de los sufragios. El lugar perfecto para poner en alquiler una vivienda, pero el más extraño de todos para iniciar una revolución.

Desafiando todas las medidas del estado de alarma, desatendiendo todas las normas del confinamiento y pertrechados con carteles con intrincados eslóganes del tipo “Confía en tu gobierno; encerrados sois libres”, los manifestantes tomaron la calle Núñez de Balboa el pasado sábado al grito de “Sánchez vete ya”. La protesta se extendió después a otros puntos del país, donde comenzaron a resonar también las cacerolas y a multiplicarse las demandas de “libertad” en tiempos de pandemia. Pero lo grave, lo realmente grave, no son las consignas, es el contexto. Es salir a la calle en masa a pedir libertad cuando la restricción de la libertad de movimiento sigue siendo la única receta conocida para evitar los contagios.

Con la inestimable ayuda de algunos medios de comunicación, la soez protesta del 1% más rico fue ganando popularidad con el paso de los días. Se le puso incluso un nombre, la “revolución de las mascarillas”. Líderes de la extrema derecha, como el presidente de VOX, Santiago Abascal, no dudaron en alentar a la población a tomar parte en las protestas. Y así fue como los mismos que ningunearon -y siguen ninguneando- algo tan básico como la aprobación del Ingreso Mínimo Vital; los mismos que tildaron la manifestación feminista del 8M como un foco de contagio (el mismo día que organizaban un mitin en Vistalegre); terminaron de volcarse en su vital protesta. En una revolución completamente pionera, sin precedentes, la del pueblo contra el pueblo o, si se prefiere, la de los que todavía viven contra los que todavía mueren.

Unas concentraciones que se siguen produciendo y que sus organizadores se han cansado de repetir que se están llevando a cabo respetando todas las medidas de seguridad. Pero lo cierto es que no está probado que la bandera española proteja del contagio ni que el Águila de San Juan, que vuelve a sobrevolar estos días el cielo de algunos barrios, proporcione los anticuerpos deseados para hacer frente al virus. Si el distanciamiento social realmente se está cumpliendo es porque es muy grande la brecha que separa el mundo de estos manifestantes del que habitamos el resto de la gente. Porque es posible, en un país como España, que a algunos les siga fallando la memoria histórica, pero que suceda lo mismo con la reciente, con lo que pasa ahora, es grosero e indecente.

Considero que el derecho de reunión, las protestas ciudadanas y la desobediencia civil son pilares sobre los que se debe construir cualquier sociedad crítica, sana, pero no logro entender qué es exactamente lo que aquí se está pidiendo. Ni tampoco por qué lo están pidiendo quienes lo están pidiendo. Puedo comprender las revueltas que se están produciendo en otros países donde la restricción de movimientos implica necesariamente no poder trabajar y donde no poder trabajar implica necesariamente no tener acceso a ningún tipo de sustento. A ninguno. Pero que un privilegiado salga a la calle a demandar airadamente junto a otros privilegiados el restablecimiento de sus privilegios, es algo que no comprendo. Es el síntoma inequívoco de que algo marcha mal, muy mal, o de que hay algo que se está malinterpretando o, directamente, no se está entendiendo. Un privilegiado pidiendo libertad, un privilegiado saliendo a la calle a protestar por sus derechos, no puede ser más que un oxímoron siniestro.

No deja de resultar tampoco curioso que estas manifestaciones ciudadanas se hayan convertido en un auténtico desfile de elementos y enseñas nacionales, de exacerbado orgullo patriótico, pues una protesta que pone en riesgo la salud púbica mientras tus compatriotas siguen sufriendo, debe ser la más antipatriótica de todas las protestas. Creo que fue Jean-Paul Sartre el que dijo por primera vez aquello de que “mi libertad termina donde empieza la de los demás”. Yo solo les diría a estos manifestantes, si tuviera la ocasión, que su libertad termina donde empiezan nuestros muertos.

miércoles, 13 de mayo de 2020

NUESTROS BARES


Flota en la atmósfera un raro ambiente festivo. Pero no es fiesta. Solo es lunes. Es lunes 11 de mayo y Lugo acaba de ingresar en la Fase 1 de la desescalada. La Fase 1 quiere decir muchas cosas, aunque con la que está cayendo, cambiar de fase no signifique apenas nada. El abanico de actividades ahora permitidas que durante la Fase 0 no lo estaban, es amplio. Una de ellas, de la que todo el mundo habla, guarda relación con los bares. Tras casi dos meses cerrados a cal y canto a causa de la pandemia, los bares han vuelto a desplegar sus terrazas en las calles.

La primera vez que entré en un bar fue con mis padres. No recuerdo el momento, pero el bar tenía que estar aquí, en Lugo, que es la ciudad donde nací. Mis padres tampoco lo recuerdan con exactitud, pero ese primer bar podría haber sido el Café del Centro, que era en aquella época el escenario en donde mis abuelos solían reunirse con sus amigos para hablar de política. En ese tiempo, cuando yo era pequeño, mis padres iban mucho a los bares, así que de algún modo también yo empecé a ir a los bares desde muy pequeño. En todos los rincones de mi memoria hay algún bar abierto.

La mayoría de los locales de la Rúa Nova y de la Tinería, las principales arterias de la ciudad en materia hostelera, están hoy cerrados. Un lunes normal estarían abiertos. Pero hoy no es un lunes normal. No puede serlo. En Campo Castillo es donde se concentran la mayoría de las terrazas, al abrigo de un gran cartel que reza: “Nunca choveu que non escampara”. El mensaje es de apoyo a un sector vapuleado por la crisis, pero también conserva hoy cierta literalidad, pues el sol brilla con fuerza en este primer día de la Fase 1.

El primer bar que recuerdo se llamaba A Cova Marina y estaba en Burela. Ya no existe. O si existe, ya no se llama A Cova Marina. Era el bar más cercano al piso donde vivíamos en esa época, en la Mariña lucense. De aquel lugar que ya no existe hoy solo recuerdo las paredes. Y que había poca luz, pero me gustaba. Después, con el paso de los años y los traslados sucesivos de mi madre por motivos de trabajo, llegaron otros bares. Bares diferentes de lugares diferentes que frecuenté con personas diferentes persiguiendo, supongo, en cada momento, quimeras diferentes. La mayoría ya cerraron, pero de algún modo siguen existiendo.

Los protocolos de higiene y de seguridad aprobados para esta primera fase confieren a las terrazas de los bares un aspecto un tanto diferente. No hay servilleteros en las mesas y la distancia que existe entre unos grupos y otros es más acusada. Quizás no sea la reglamentaria, no hay manera de saberlo, pero sí que es al menos evidente. No sucede lo mismo con las sillas. Al poco rato de sentarme, recibo una llamada de mi abuela. Me pregunta si en los bares se están respetando las medidas de seguridad, si la gente se está respetando. Yo le cuento lo que veo y ella resopla.

El Cachi era el nombre del bar en el que más tiempo pasé siendo niño porque el Cachi, además de un bar, era una sala de juegos. Estaba en Tapia, al lado de la pista de fútbol y del centro de salud en el que trabajaba mi madre. Cuando pasó la época del Cachi comenzamos a frecuentar otros bares, primero durante el recreo, y después, un poco más mayores, para jugar al duro en nuestras primeras salidas nocturnas. Todos los bares de Tapia olían entonces a mar y a ginebra.

Es una sensación extraña regresar con tus amigos a los lugares de siempre y que nada sea como siempre. Hablar de la pandemia en plena pandemia, sentado en una terraza. Es extraño ponerte a escudriñar, aunque trates de rebelarte contra ello, lo que están haciendo en la mesa de al lado. También lo que tú estás haciendo. “Vender precaución abriendo las terrazas de los bares es bastante contradictorio”, reflexiona, en voz alta, Pamela. Y tiene razón. “Ou arre ou xo”, agrega después. Sigue teniéndola. En la mesa de al lado una mujer ha decidido ponerse la mascarilla a modo de visera, sobre su frente. Beber con mascarilla, en cualquier caso, es una ardua tarea.

El Isla fue uno de los reinos más soleados de mi adolescencia. También era un bar. Era el bar al que íbamos cuando faltábamos a clase en el instituto, el lugar en donde terminaban casi todas las tardes y en el que empezaban casi todas las noches. Era una Isla verdadera. No solo para nosotros, sino para una generación entera. Allí, en aquel refugio en el que servían un vino turbio excelente -o eso nos parecía entonces- pasé muchas horas de mi vida. Allí nos intercambiamos nuestras primeras historias de fracaso y de éxito. Allí debatimos durante días enteros sobre el futuro, el amor, la vida o la muerte. Fue allí donde me hicieron mi primer pendiente. Era uno de esos bares a los que nunca quedabas para ir, pero donde siempre acaban encontrándote.

A las ocho en punto de la tarde, una sonora ovación estalla de pronto en las terrazas de Campo Castillo. Es el reconocimiento a la labor de los profesionales sanitarios. La escena es llamativa, por momentos casi grotesca. Es también una especie de caricatura de este tiempo. No es el aplauso en sí mismo lo que resulta disparatado. Es la situación. La imagen que ese aplauso proyecta. Pero las terrazas de los bares no tienen la culpa. No pueden tenerla. La culpa, si es que hay culpables, debe ser nuestra. Por aplaudir mientras la gente se muere -aunque morir no sea algo exclusivo de esta pandemia-; por no aplaudir o, quizás, sencillamente, por aplaudir bebiendo cerveza.

No sé cuál es el motivo, pero cada vez que pienso en mi padre, inmediatamente me lo imagino en un bar, sonriendo desde la barra de uno de esos bares que siempre han sido sus bares, que todavía siguen siéndolo. Si tengo que situarlo en un espacio, es ahí donde mejor lo visualizo. Creo que me resulta fácil componer mentalmente la escena porque la escena es casi siempre la misma: La broma de actualidad al camarero, a modo de saludo, una vez instalado al lado del taburete; la respuesta del camarero en forma de broma, también actual y además personalizada; el fajo de quinielas encima de la barra (ahora también las gafas para la presbicia); y el café cortado enfriándose dentro de la taza hasta que sea el momento de marcharse, es decir, de bebérselo de un trago. El “qué tal, compañeiro” seguido del “muy bien, compañeiro”. Si es fin de semana, basta con cambiar el cortado por un botellín de Estrella y poner sobre la barra un bolígrafo prestado para ir tachando en las quinielas los primeros fallos. El resto de la estampa no varía. Nunca varía. Es una rutina infalible, una escena infinita, un bucle perfecto. Y es también, supongo, parte de la magia que tienen los bares, esos establecimientos que no son esenciales pero nos hacen tanta falta, esos lugares en los que, en ocasiones, uno no puede evitar sentirse un poco a salvo.

Poco después del aplauso de las ocho, decidimos marcharnos. Es entonces cuando me doy cuenta de qué no tengo la menor idea de cómo se llama el bar en el que estamos sentados. No es uno de los bares de siempre y eso me deja extrañamente aliviado, porque tampoco hoy es como siempre. No estoy en el Isla, ni siquiera en el Pavón -ese bar de Madrid al que solíamos ir en la época de la universidad-, ni en el Corredoira, de Santiago de Compostela; ni en el Espacio Gárgola, de Santiago de Chile. Acabamos de vivir nuestra última primera vez en los bares en un bar al que nunca vamos y ese tipo de la mesa de enfrente, que se levanta ahora para pagar su cuenta, no es mi padre aunque se parece a mi padre.